¡Hola! Uno de nuestros últimos trabajos ha consistido en la realización de una prospección arqueológica por la Alpujarra Baja, concretamente nuestro foco de estudio se centró en el entorno del municipio de Rubite, sobre una de esas enormes lenguas de tierra de su término que descienden desde las cumbres de la Contraviesa hasta el mar. Particularmente la quebrada estudiada recibe el nombre de Loma de los Arrastraderos, y nuestra meta ha sido cerciorarnos de que un futuro proyecto de obra civil no afectará al patrimonio histórico existente.
Os adelantamos que en cuanto a nivel material la prospección resultó estéril, ya que no hallamos evidencias arqueológicas significativas más allá del propio paisaje. Y precisamente de ello es de lo que os vamos a hablar hoy, de como a través del estudio del entorno, analizado como un elemento material más, se pueden extraer informaciones importantísimas para reconocer la propia configuración histórica del terreno.

No se conoce mucho acerca de la historia de esta zona montañosa prelitoral. A partir de la toponimia podemos pensar que pudo comenzar a poblarse en época posromana, como presumiblemente ocurre en la Alpujarra Alta, aunque no tenemos vestigios ni de este periodo ni de otros posibles anteriores. Asimismo, sabemos que en época medieval estaba poblada y organizada políticamente dentro del sistema administrativo y fiscal andalusí, aunque desconocemos casi todo lo demás.
Pero es de este periodo islámico, en concreto del nazarí, del que contamos con una pieza que es lo suficientemente significativa como para dotar de una explicación compleja sobre el uso histórico de estos espacios. Nos referimos a la existencia de un aljibe de probable uso ganadero (ver la imagen que encabeza esta entrada). Sabemos que es medieval por su técnica constructiva, análoga a tantos otros aljibes de la misma tipología enclavados a lo largo de la geografía alpujarreña; y sabemos que es ganadero por su tipología y porque, básicamente, han estado en uso por pastores hasta hace solamente unas solas décadas.

La existencia de una infraestructura como esta nos proporciona una visión compleja de los usos del territorio en siglos pasados, y es que estos aljibes muy probablemente nos están marcando rutas de trasterminancia, o lo que es lo mismo, movimientos trashumantes de corta distancia que moverían el ganado desde Sierra Nevada hasta las inmediaciones del Mar de Alborán.
La mayoría de estos aljibes ganaderos que existen en la Alpujarra se reparten por las zonas más secas de su geografía, siendo por tanto la Contraviesa un escenario ideal para su construcción. Y es que estos depósitos tendrían como meta el abrevar al ganado itinerante y dar descanso a modo de majada a sus guías. El Estado nazarí debió de tener un plan constructivo definido que dotó al territorio de estos servicios. ¿Pero por qué esta inversión, para favorecer el mantenimiento o desarrollo de la actividad pecuaria?
Para terminar con este elemento, aquí abajo os dejamos un experimento o un atrevimiento realizado a la sazón del estudio «aljibístico». Es una cartografía un poco rudimentaria que marcaría la posible ruta trashumante que pasaría por nuestro aljibe. Eso sí, no hemos escogido el itinerario al azar, sino que nos hemos dedicado a «unir los puntos» de ciertos elementos históricos o naturales de interés que acabarían condicionando el trazado del cordel.

Tras la Conquista de Granada, la Guerra de las Alpujarras y la repoblación cristiana (que no es poco y se dice pronto), el territorio de la Contraviesa debió de sufrir transformaciones en torno a la gestión de los espacios agroganaderos y forestales. Tenemos varias noticias documentales acerca de estos procesos a lo largo del los siglos de la modernidad, pero es quizá el más llamativo el relativo al auge demográfico experimentado entre los siglos XVIII y XIX. Este desarrollo conllevó, grosso modo, un descenso de la mortandad de la población, lo cual generó un aumento del vecindario. O lo que es lo mismo: más bocas que alimentar.
Por tanto, este fenómeno socioeconómico derivó en la ampliación de los terrenos agrícolas para poder abastecer a la cada vez más cuantiosa comunidad. Ello tuvo un reflejo material que impactó en el propio paisaje, y nos referimos a la fundación de numerosas cortijadas asentadas en zonas agrícolas marginales, las últimas disponibles y las menos deseadas.
La instalación de estos núcleos domésticos diseminados por el territorio fueron fundados por un mismo clan familiar o por un grupo con un mismo origen geográfico. Por ello en la mayoría de ocasiones estos asentamientos llevarán consigo el antropónimo cognativo del linaje o de su lugar de nacimiento: los Gálvez, los Carlos, Cortijo de los Pitres, Cotijo Portuguillos, etc.

Durante nuestro trabajo tuvimos la oportunidad de analizar con cierto detalle una de estas cortijadas, la de Los Albacetes. Este cortijo que se asienta sobre la Rambla del Acebuchal coincide materialmente (por técnica constructiva y funcionalidad de sus naves) con la cronología del proceso demográfico anteriormente descrito. Pero no solo, y es que también a nivel material encontramos varias pistas que nos hacen pensar que esta construcción tuvo una finalidad eminentemente productiva y mercantil, en concreto ligada al monocultivo de la vid para la producción de vino, como veremos a continuación.

Como decíamos, estas cortijadas aprovechaban áreas marginales probablemente copadas por monte bajo que debieron de ser puestas en explotación durante sus primeras décadas con una agricultura cerealista de secano, de subsistencia y de bajo rendimiento, y es que sabemos por documentos históricos que era tan ínfima la calidad de su tierra que había que dejarlas descansar durante años. Hemos tenido la ocurrencia de denominar a estos campos de verticales pendientes y depauperados suelos como «paisajes del hambre».
Pero este paisaje cerealista estacional no debió durar mucho tiempo. Y es que la introducción del liberalismo económico decimonónico y, por tanto, de la economía de mercado propició una nueva imagen del territorio. Esta tendencia socioeconómica dio pie a que las familias pasasen de producir alimentos para el autoconsumo, a producir para vender su cosecha, con cuya venta obtendrían el dinero con el que a su vez poder costearse su subsistencia.
El monocultivo de secano que más rápido se extendió por la región fue el vitivinícola, aunque este sufrió una fuerte contracción tras la crisis de la filoxera a finales del diecinueve. Aunque su impacto fue tal que nunca dejaron de existir bodegas, buena prueba de ello es el todavía hoy idiosincrático vino costa alpujarreño. No obstante, en el siglo XX parece que estas familias rápidamente abandonaron las cepas y los sarmientos y orientaron la producción hacia el frutal de secano por excelencia: el almendro.

¡Terminamos aquí el repaso! Os hemos intentado demostrar como a partir de los elementos históricos que se encuentran en superficie podemos descifrar las claves que nos hablan del desarrollo de un territorio ahistórico. Con un aljibe medieval, unos documentos de época cristiana, un cortijo y un paisaje de almendros en damero hemos conseguido hilvanar retazos dispersos de la historia y generado un breve pero riguroso discurso histórico que da sentido a la evolución de este país cuasi marítimo. ¡Esperamos que os haya resultado interesante!