Construcción de un balate en Pampaneira, y una reflexión acerca del arte en el mundo rural

¡Por aquí os dejamos las imágenes de nuestro último trabajo! ¡Un auténtico balatón de más de 7 metros de largo ubicado en el pago Belezmín (Pampaneira)! Este balate trae consigo una reflexión más larga que el propio balate, la cual os dejamos justo debajo de las imágenes ⬇️

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este muro en seco no se trata de una de nuestras restauraciones habituales, esta vez estamos hablando de una “creación”. En vez de reparar un antiguo muro dañado, en esta ocasión hemos tenido la oportunidad (¡por primera vez en nuestra vida!) de poder construirlo desde cero, sin las limitaciones de la obra previa. Un lienzo en blanco.

Esta circunstancia ha dado pie a que durante el proceso constructivo reflexionásemos acerca de ciertos temas que siempre hemos tenido latentes, aunque de manera un tanto subrepticia. Podemos afirmar que, sin duda, el balate tiene una estética, tiene una intención, tiene una autoría, podríamos hasta decir que hasta tiene un discurso. Cada piedra está colocada de tal manera que pretende generar tanto solidez como placer visual para el observante.

¿Podríamos decir que los balates, como otras construcciones vernáculas, tienen por tanto rasgos artísticos? ¿Y dónde quedaba el arte en las sociedades tradicionales preindustriales? Desde luego las gentes que han habitado estas montañas a lo largo de los siglos han debido de tener la necesidad de expresar con diversos lenguajes sus inquietudes más humanas y universales. Pero las muestras de ese arte son difusas, o al menos no son rastreables en los códigos artísticos convencionales. Ese “arte rural” no se ha plasmado en cuadros o catedrales, pero seguro que sí se configuró por otras vías: las coplillas espontáneas que se canturreaban en las faenas agrícolas, la música instrumental que llegaba hasta los barrancos más profundos de la sierra, u obras arquitectónicas como la que nos ocupa, cuya funcionalidad primó en su construcción aunque también debieron de servir para dar rienda suelta a ideas creativas aletargadas en las mentes de los alpujerreños y alpujarreñas.
Además, este tipo de construcciones guardan un rasgo fundamental que las define: su autoría, la cual siempre será compartida. Estos muros, y otras tantas infraestructuras y construcciones vernáculas (acequias, empedrados, etc), son el reflejo material del colectivo, de la suma de muchos esfuerzos compartidos. Lo opuesto al ego individual del artista.
Le damos las gracias a Carlos, por venir desde El Ejido unos días tanto para echar una mano como para aprender las técnicas inmateriales de estas construcciones, a Selva y a Kuba -como siempre-, y a Lucy y Galo, los promotores de una creación como esta, merecedores del reconocimiento por haber apostado por una tecnología ancestral que nos ayuda a preservar el paisaje y la identidad de nuestra tierra.